La
historia del hombre en los últimos cinco siglos es la historia de la expansión
de la Europa Occidental quien, al constituirse en núcleo de una nueva
civilización, se lanzó sobre todos los pueblos de la Tierra en oleadas
sucesivas de violencia, de codicia y opresión. La amplitud y profundidad de su
impacto fue tan grande que se hace necesario preguntarse respecto a lo ocurrido
en el mundo en este período.
Los centros de poder, donde se toman
las decisiones, fueron alternándose a lo largo de la historia. Ya en este
siglo, EEUU domina la escena internacional en todos los terrenos, habituado a
imponer sus intereses, recurriendo al chantaje de las intervenciones o de la
guerra.
En nuestro continente, a partir de
1492, sus sociedades han sido estructuradas en forma dependiente, estableciendo
un vasto sistema de dominación que aún se perpetua. La historia oficial de
América es también la de su dependencia. Sus modos de producción, sus
estructuras sociales han sido sucesivamente determinadas por su incorporación
al engranaje universal del sistema capitalista. Esto no es un mero dato de
referencia sino un elemento fundamental en la explicación de nuestra historia y
del presente. La dependencia es la forma de relación de América Latina con el
mundo y categoría que imprime una estructura determinada a sus sociedades,
situación extensiva al resto de los Pueblos del Sur.
La humanidad se encuentra jaqueada
por la irracionalidad del sistema dominante. El fantasma del hambre y la sombra
de la guerra han tomado una dimensión dramática. Jamás el hombre acumuló tanta
potencia destructiva, no solo comprometiendo su propia suerte, sino el
equilibrio global de la naturaleza.
Sin embargo, tampoco la historia
condensó como en el presente la conciencia crítica y la voluntad de encontrar
una salida. Las tres cuartas partes de los habitantes de la tierra, condenadas
a la marginación, pugnan desesperadamente por encontrar alguna posibilidad de
sobrevivir a esta nueva era, mientras un Primer Mundo opulento usufructúa, con
responsabilidad criminal, beneficios y privilegios indebidos, llevando al
planeta al borde del colapso.
El agua potable, los alimentos y el
medio ambiente constituyen, con seguridad, los problemas más graves que
enfrenta el hombre. Al aumento explosivo de la población hambrienta se suma una
tierra que se ve progresivamente envenenada, reduciendo inexorablemente sus
recursos naturales de los cuales depende la vida. Las consecuencias que
ocasionan los desechos industriales, los residuos nucleares, la degradación de
ríos y océanos, la erosión de tierras cultivables, la desforestación en escala
del Amazonas, el calentamiento del planeta por la acelerada descomposición de
la capa de ozono, etc., están originando una verdadera crisis global: la
contaminación no solo alcanza a la salud sino que, en muchas regiones, la
capacidad del hombre para producir alimentos se ve progresivamente limitada. En
este marco, cientos de millones de seres humanos subsisten en condiciones que
degradan su propia naturaleza y agravian la conciencia universal.
Un vertiginoso proceso de cambio
histórico provoca una profunda transformación estructural del mundo, al ritmo
de los avances tecnológicos y del impacto de las economías de los pueblos.
Aquellas situadas al margen de la producción de los sectores más dinámicos de
la nueva industria pierden posiciones decisivas en su participación en el crecimiento
mundial, determinado por la capacidad tecnológica de cada país. La aceleración
de está revolución del conocimiento, y su desigual distribución en un planeta
cada vez más inter-relacionado, conduce a la diferenciación creciente de países
y regiones. Un Norte económico, social y político acumula cada vez más lo
esencial de la capacidad tecnológica de la humanidad, factor decisivo para la
dominación sobre el resto del mundo. NUESTRO SUR no tiene espacio en este
esquema global, condenado a la marginalidad, al atraso y al hambre en virtud de
este extraordinario proceso de concentración del conocimiento, del control de
la información y de la disposición de los recursos financieros necesarios.
Aparecen en escena signos que
definen una geopolítica mundial emergente. Uno de orden objetivo: el
surgimiento de la mundialización triádica de la economía, basada en las
relaciones entre las tres regiones más desarrolladas del planeta (la nueva
Europa, el sudeste asiático y EE.UU.). Su hegemonía global determina la
evolución de los países pobres en lo económico, en lo político y en lo
cultural. Otro signo es de orden cultural, ideológico: la necesidad de asegurar
la legitimidad más amplia de este modelo. El fundamento de esta creciente
supremacía está basado en el principio de interdependencia y cooperación,
entendiendo que el desarrollo tecnológico es sólo realizable a escala mundial
(tecno-mundialismo).
Sin embargo, a la hora de las estadísticas,
ciertos datos esenciales para una correcta aproximación a la realidad económica
son virtualmente ignorados. Más de la mitad de la población activa mundial no
tiene cabida en la economía tradicional. ¿Qué supone la existencia de este
“mundo invisible”? Sin duda un elemento categórico que propone concebir lo
económico desde una perspectiva más abarcadora, el desarrollo a una escala
humana, que tome como eje el concepto de “calidad de vida”, como estado de
satisfacción subjetiva de la persona en relación a la posibilidad que tiene o
no de cubrir adecuadamente sus necesidades humanas fundamentales (subsistencia,
protección, afecto, entendimiento, participación, descanso, creación, identidad
y libertad). El papel desempeñado actualmente por la tecnología en la
organización del mundo, impone la necesidad de desarrollar políticas que den
prioridad, no a la competitividad, sino a la puesta en marcha de soluciones
económicas, socio-institucionales y políticas, concebidas para reducir el
hambre, las enfermedades, el analfabetismo, la degradación del medio ambiente.
Una tecnología que permita el aumento de la productividad de los recursos en
lugar del aumento del consumo de ellos. Solo la socialización de la información
y del conocimiento científico permitirá encontrar las respuestas que pongan
estos elementos al servicio de un orden mundial más equitativo, y esto es un
imperativo histórico que nos compromete a todos.
El sentido que asuma la resolución
de estos conflictos dependerá del grado de conciencia, capacidad de iniciativa
y nivel de respuestas de la sociedad civil. Las nuevas generaciones deben
asumir la responsabilidad en la tarea de construir esas propuestas, espacios
unitarios e instrumentos funcionales. A su vez, definir el marco de una
estrategia común en la cual la solidaridad dé paso al lineamiento de un nuevo
enfoque integracionista, en donde los pueblos sean los verdaderos constructores
de una sociedad más justa. Aquellas regiones como América Latina y el Caribe,
que no logren aprovechar sus afinidades y complementaciones políticas,
económicas y culturales para integrarse federativamente, están condenadas a ser
objetos y no sujetos de la historia que vendrá.
Este fin de siglo enmarca
acontecimientos que signan el destino de los hombres. Constituye una
oportunidad histórica para que los pueblos aún colonizados expresen su
irrenunciable vocación de justicia, en defensa de su progreso, de su soberanía
y de la paz. Siglos de dolor han forjado una firme determinación que se expresa
en el testimonio cotidiano que brinda la lucha por su dignidad. A un mundo
galvanizado por potencias económicas y militares que amenazan la propia
existencia humana, responden los pueblos del Sur con la autoridad que les da el
ser víctimas del proceso histórico, con su voluntad de justicia social y
creación, pero esencialmente con el desafío de superar las formas de dominio
neocolonial que aún subsisten. La historia de ninguna manera ha muerto. ¿Podrá
la memoria de la humanidad desconocer el signo que representa el cerro de
Potosí, con el sacrificio de millones de hombres devorados en sus socavones por
la codicia? La trágica conjunción de riquezas y de sangre ha sido hasta el
presente nuestro tributo constante al progreso de otros, y el origen de una
legítima deuda que el mundo desarrollado tiene con NUESTRO SUR.
Una afirmación enérgica comienza a
brotar de los ciudadanos en este hemisferio. Se asume, cada vez con más lucidez
y orgullo, nuestra propia imagen étnica, la percepción precisa de las causas
reales del atraso y las consecuencias inminentes e irreversibles del impacto
ambiental que provoca la continuidad del modelo neoliberal. Se imponen grandes
cambios sociales y económicos que reviertan esta actitud suicida y le devuelvan
a nuestros pueblos su dignidad y el impulso creador perdido hace ya siglos. Un
tiempo biológico arrincona a la humanidad. Especular si revertir esta situación
es posible o utópico es afirmar una actitud autista.
NO HAY OTRA ALTERNATIVA, ES URGENTE,
ES VITAL.
Desde el SUR llamamos a articular un
DIALOGO SIN FRONTERAS.
Proponemos insistir, ampliar, profundizar y socializar el debate sobre los
nuevos estatutos locales y biosféricos de convivencia que demanda la era que
comienza; afirmar un concepto de ciudadanía ambiental que permita asumir
nuestros reales espacios de pertenencia; acordar una agenda inter-hemisférica
de trabajo, que comprometa a la sociedad civil y a sus instituciones;
establecer vínculos fraternos con amigos del NORTE para armarnos de razones, de
un nuevo lenguaje y de un sentido común POR LA VIDA; soñar y construir una
sociedad deseable para todos.
Comencemos el nuevo milenio
afirmando un camino de entendimiento, de hermandad y de solidaridad entre los
Pueblos del Mundo.
POTOSI - octubre 26 de 1992
Desde
Potosí, Lima, Santiago de Chile, Montevideo, Asunción, Río de Janeiro, Buenos
Aires y Ciudad de México en octubre de1990 para la convocatoria al “Primer Encuentro Rioplatense por la
Emancipación e Identidad de America Latina y el Caribe 1492-1992”, Buenos
Aires, abril 25 al 27 de 1991. Documento homologado en la “Primera Conferencia de los Pueblos por su Descolonizacion y la Paz”
- Potosí, octubre 25 al 31 de 1992.
y
las “ Segundas Jornada de Trabajo de la
Red Latinoamericana de Desarrollo Ambiental con Justicia Social.”.- Potosí
octubre 25 y 26 de 1992.
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